Archivo mensual: febrero 2010

La Maravilla

 

Imborrable, La Maravilla se anuncia. Foto: JAGP

La Maravilla ha estado siempre ahí, en el Parque del Cristo y en mis recuerdos de infancia. Pasaba por ella después de la visita a mi abuela y mis tías de La Habana Vieja, precisamente las de la calle Cristo, de la casa de altísimo puntal que bauticé de “pan con tortilla, agüita y cafecito”, el menú más común y posible de ser improvisado, ofrecido por la alegre tía Margot, siempre cariñosa y hospitalaria.

Creo recordar que a finales de los 70 funcionaba  algo allí, una cafetería o un bar de mala muerte, de los que servían “coronillas” y mi madre, para esquivarlo, me llevaba por la acera opuesta.

La fonda de los bajos del carcomido edifico frente a la Iglesia del Cristo tuvo días en que justificaba su nombre. Lo dice Cabrera Infante en su obra póstuma “La ninfa inconstante”:

“La Maravilla no es un restaurante, es un restorán. Quiero decir que está más cerca de una fonda que de un restaurant. Es, si quieren, una fonda de lujo y en otra parte, en otro libro, la describo dos veces bajo la lluvia, con la iglesia del  Cristo ahí al frente…  Dentro hace más calor casi que afuera porque La Maravilla será  la maravilla pero no tiene aire acondicionado… La Maravilla es una pequeña maravilla.”

La Maravilla también era la fonda preferida de mis abuelos, el asturiano y la andaluza. Era su restaurante, su salida, su lujo, el paseo. Cuando el gallego estaba espléndido, cuando tenía unos pesitos ganados por el lomo de estibador de los muelles de La Habana, invitaba a su “vieja” a un almuerzo “maravilloso”. A la vieja le encantaba, sobre todo, un postre, que no por ser humildemente fondero dejaba de ser un manjar de las mil maravillas: el chayote relleno.

Lo más sorprendente de La Maravilla de hoy es su obstinado cartel. No sé si es el original o uno puesto para cualquier tramoya de cine o televisión. Lo cierto es que allí permanece persistente, indeleble, obstinado, perseverante…